Sé que no sé ni lo que quiero.
He tardado ciento veinte minutos en alcanzar el corazón de la ciudad, menos en subir, introducirme por esa puerta y quedar extasiada con el sonido de la tinta introduciendose en el cuerpo. Volví a salir y le di la espalda a señoritas de una noche. Bejé, subí, me congelé las orejas esperando.
Y ahora estoy aquí a oscuras apurando esa taza de hierbas, antes de exiliar mi mente unas horas, dejar algo por aquí. una nota de aviso, de lo que viene después.
Nada.
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