Hace muchos años que no escribo.
En todos estos años ha pasado de todo, como a todo el mundo.
El interludio duró lo que dura la flor antes de que crezcan los frutos, después sólo quedó la semilla rodeada de la jugosa carne pudriéndose alrededor suya. Tirada ahí,en el suelo a los pies del árbol que le dio vida.
Llegó el otoño y enterró la esperanza, luego llegó el invierno. Ni la más cercana chimenea consiguió hacer brotar la semilla que seguía congelada en el suelo, cada vez hundiéndose más y más.
Cada tormenta quiso moverla, cada copo de nieve quiso que se deshiciera con él. Las raíces de lo que fue su origen la invitaban a huir con ellas cada vez más abajo. Ningún animal quiso recolectarla ni si quiera los insectos intentaron roerla.
Hasta que apareciera la primavera, quedó suspendida entre la tierra y el suelo.
Entonces aquella semilla veía brotar la hierba con esos colores tan vivos. Vio aparecer la vida a su alrededor, si miraba arriba veía a sus nuevas hermanas brotando y las observó desplegándose, floreciendo, con esos perfumes de juventud. Notó llorar a su árbol en cada talla nueva de iniciales que quedarían tapadas en la siguiente temporada con sus nuevos pubescentes (efervescentes).
Escuchó amarse en el verano, escuchó las despedidas al final de este. Y al final de este saludó a sus hermanas que ya crecían y se alzaban hacia lo más alto, hasta que dejaron de oír su voz cuando estuvieron tan arriba que solo supo de ellas las hojas que volvían a cubrirla.
Fue entonces cuando comprendió que una vez que te congelas solo puedes ver crecer al resto.
Así quedó la semilla congelada en el tiempo y el espacio, nunca en el cielo ni en la tierra.